martes, 17 de septiembre de 2013

El timo de la consulta.

Las encuestas realizadas por diferentes instituciones y medios de comunicación en los últimos meses confirman el salto cualitativo que se produjo en la opinión pública catalana entre 2011 y 2012: en un hipotético referendo o “consulta”, alrededor de un 50% de los catalanes votaría a favor de la independencia y menos de un 30% lo haría en contra (una parte muy significativa de los encuestados prefiere no contestar o afirma que se abstendría).

Más adelante dedicaré otro post a explicar los motivos que, en mi opinión, nos han conducido a esta situación. Mi interés ahora es centrarme en lo que considero la más sofisticada trampa que plantea el nacionalismo catalán: la consulta.
Las encuestas de opinión más serias, al tiempo que pronostican una victoria del independentismo, proporcionan otros datos muy importantes:
·        A lo hora de elegir entre diferentes modelos de organización territorial, los encuestados que prefieren un Estado independiente son un porcentaje inferior a la suma de los partidarios de mantener el modelo actual (autonomistas) y los partidarios de reformarlo (federalistas y otros). Curiosamente, también son un porcentaje inferior a los que declaran que votarían a favor de la independencia en una consulta.

·        Interrogados por su identidad nacional, los encuestados que se consideran “sólo catalanes” no suelen superar el 30%. Una mayoría en torno al 40% suele considerarse “tan catalán como español”, y si sumamos a ésta el resto de categorías (“más catalán que español”, “más español que catalán” y “sólo español”), el resultado suele estar en torno a un 70% o 75% de la muestra.
Pues bien, ¿cómo puede ser que, teniendo la identidad española una presencia tan fuerte, la separación de España sea la opción mayoritaria ante una consulta? ¿Cómo puede ser que, siendo mayoría los que preferirían mantener el Estado actual o reformarlo, la opción rupturista sea la ganadora?
Estas paradojas o aparentes contradicciones sólo pueden tener una explicación: ciudadanos que se consideran en mayor o menor medida españoles, o que preferirían una mayor autonomía de Cataluña sin que ésta supusiera la ruptura, estarían dispuestos a votar a favor de la independencia en un referendo que sólo planteara opciones cerradas: mantenerse como hasta ahora, o provocar un cambio.
Por eso el referendo o consulta es clave. Como expliqué en un post anterior a éste,  el nacionalismo pretende obtener ventaja reduciendo la pluralidad de la sociedad catalana a dos bloques: los partidarios del cambio y los inmovilistas.
Y por eso es clave hacer la consulta rápidamente: antes de que se perciba la salida de la crisis económica, se pretende forzar decisiones o actos drásticos que no tengan marcha atrás. Porque un resultado favorable otorgaría a los independentistas una ventaja decisiva e irrecuperable.
La importancia de la consulta en la estrategia nacionalista se percibe claramente en su intensa y cuidada estrategia de comunicación. Los nacionalistas necesitan un resultado favorable, pero no escandalosamente favorable. Para tener legitimidad y credibilidad, la participación debe ser alta y los contrarios a la independencia deben participar en alguna medida. Con ese objetivo en mente, hace meses que el nacionalismo desarrolla una estrategia con varios públicos-objetivo:

1.     Élites políticas y sociales de izquierda no nacionalista. El objetivo es sumarlos plenamente a los apoyos a la consulta, presentándola como un “derecho democrático” y una demanda mayoritaria e insoslayable. La indeterminación del contenido y de las consecuencias de la consulta ayuda a que algunos de estos grupos transijan en su realización. Otros grupos se contentan con una vaga promesa de extender el “derecho a decidir” a asuntos de tipo social y económico.

2.     Grupos sociales cuya tradición o perfil no es nacionalista. Para éstos, el mensaje clave es que la independencia supondrá la oportunidad de cambios positivos, tanto en lo económico como en lo político. A este colectivo también se dirigen mensajes tranquilizadores sobre el status del castellano en la futura Cataluña independiente.

3.     Partidarios de mantener la unión con España. En este caso, el objetivo es intimidarlos y acomplejarlos, haciéndoles creer que su posición no sólo es minoritaria sino que está en retroceso. Se les pide que en nombre de la democracia apoyen la consulta, en la que generosamente se les garantizaría su derecho a votar en contra de la independencia.

4.     Independentistas convencidos. A ellos se dirigen los mensajes más emocionales y románticos. El objetivo es convencerlos del carácter espontáneo, popular e imparable del “proceso”. De que son protagonistas de acontecimientos históricos, y no meros figurantes. Son la “vanguardia revolucionaria” que responde organizadamente a cualquier convocatoria, y que votaría masivamente en la consulta. 
Observando el entusiasmo, la constancia y la disciplina de éste último grupo, uno corre el riesgo de desmoralizarse o incluso de desarrollar el síndrome de Estocolmo. El colorido de las banderas, los globos y las camisetas ejerce un atractivo innegable. Pero lo que está en juego es demasiado importante: no podemos dejar que impongan su voluntad y nos conduzcan a situaciones indeseables.
El nacionalismo ha sido muy hábil planteando la consulta como un derecho de los catalanes y convirtiéndola en un sinónimo de democracia. Muchas personas contrarias a la independencia han tragado el anzuelo, y están dispuestas a sacrificar sus intereses e ideas legítimas en el altar de una democracia que no es tal.
Estamos a tiempo de informar a nuestros compatriotas sobre el timo de la consulta.

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